En 1991, la mayor empresa de videojuegos del mundo subió a un escenario para humillar públicamente a su socio tecnológico frente a toda la industria. Lo que no sabían era que esa traición acababa de crear al monstruo que casi los destruye. PlayStation.
Unos años antes, un ingeniero de Sony, Ken Kutaragi, diseñó en secreto el chip de sonido de la Super Nintendo. Sus jefes casi lo despiden por trabajar con la competencia, pero el presidente, Norio Ohga, vio su potencial y decidieron asociarse con Nintendo.
Para ello, Sony y Nintendo firmaron un contrato para crear la "Play Station", un lector de CD-ROM acoplable a la Super Nintendo. Para Sony era su entrada de oro al mercado del ocio y todo parecía perfecto hasta que el presidente de Nintendo leyó la letra pequeña.
El contrato establecía que Sony mantendría el control absoluto sobre las licencias de todos los juegos en formato CD, algo que para Nintendo, que basaba su imperio en controlar cada cartucho y cobrar altos importes por los derechos, era inaceptable.
Fiel a su estilo implacable, Hiroshi Yamauchi envió a sus ejecutivos en secreto a Europa para pactar con Philips, el rival de Sony. Durante meses, Nintendo jugó a dos bandas mientras Sony preparaba su gran presentación para la feria CES de Chicago.
Y llegó el día. Sony anunció al mundo con tremendo orgullo su alianza con Nintendo y su nueva máquina. La prensa aplaudió la unión de los dos gigantes japoneses y los ejecutivos de Sony se fueron a dormir creyendo que habían conquistado la industria.
Pero a la mañana siguiente, Howard Lincoln, vicepresidente de Nintendo, subió al mismo escenario y soltó la bomba: rompían el acuerdo con Sony y se aliaban con Philips. Fue una puñalada por la espalda, una humillación pública calculada al milímetro.
Sony fue el hazmerreír del CES y, desesperados por no tirar su trabajo, buscaron aliarse con SEGA. Pero la directiva de SEGA en Japón se rio en su cara: "Es una idea estúpida. Sony no sabe hacer ni hardware ni software para juegos". Eran unos inútiles.
La directiva de Sony, furiosa y avergonzada, ordenó cancelar todo. Los sectores más conservadores de la compañía decían que Sony no hacía juguetes, sino televisores y Walkmans, por lo que querían retirarse y olvidar aquel bochorno para siempre.
Pero Ken Kutaragi no estaba dispuesto a rendirse. Se plantó ante Norio Ohga y apeló a su orgullo herido y le dijo que retirarse era aceptar la derrota, darle la razón a Nintendo y quedar como cobardes. Si querían lavar su honor, debían aplastarlos.
Ohga golpeó la mesa y dio la orden que cambió la historia: "¡Hazlo!". Para evitar conflictos internos, el proyecto se asignó a Sony Music. Fue una jugada maestra, porque ellos sabían fabricar y distribuir CDs en masa de forma rápida y barata.
Así fue como el 3 de diciembre de 1994 nació la PlayStation original. Ya no era un accesorio, era una bestia gris independiente enfocada en gráficos 3D que hizo que los juegos de Nintendo parecieran reliquias del pasado. Y, lo más importante, era fácil de programar.
Las desarrolladoras, hartas de los altos costes y la tiranía de Nintendo con los cartuchos, se pasaron en masa a Sony, creando joyas como Final Fantasy VII tras abandonar a Nintendo para salir en formato CD. La venganza se estaba sirviendo en bandeja de plata.
La PlayStation fue la primera consola en vender 100 millones de unidades. Sega nunca se recuperó de la paliza y acabó abandonando el hardware. Nintendo sobrevivió, pero perdió el trono mundial durante años frente a la máquina que ellos inspiraron.
Hoy la marca PlayStation ha vendido más de 500 millones de consolas. Es la prueba viviente de que, a veces, la peor decisión empresarial que puedes tomar es humillar a un socio en público y despertarle el ego. El día que Nintendo creó a su propio verdugo.
(I.F.A. en X)






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